La vergüenza o el tormento interior

Cualquiera que haya experimentado vergüenza sabe que se halla imbricada en lo profundo del ser. Se hace presente dándole rubor a las mejillas, en el acto de bajar la mirada, tapando la cara con las manos.

Gershen Kaufman dice que no hay otro afecto que sea más central en el desarrollo de la identidad. Ninguno está más cercano al yo que experimentamos, ni tampoco hay otro que sea tan perturbador. Puede que no tengamos conciencia de ella, pero las más de las veces, nos cuesta reconocerla delante de otros, porque la sociedad  nos ha enseñado a avergonzarnos de nuestra propia vergüenza, como si fuera un sentimiento indigno. Carentes de valor nos sentimos, pues, cuando nuestra vergüenza se realimenta, con el impulso de retirada ante los demás, pensando que los otros no nos van ni a comprender, ni a aceptar. Y es que en el mismo corazón de este sentimiento se halla la experiencia del rechazo padecido o anticipado por culpa de lo que juzgamos un exceso, una insuficiencia o un fracaso. De esta forma, tendemos a ocultar el objeto de nuestra vergüenza y cuando éste se pone al descubierto nos sentimos tan desnudos como Adán y Eva en el paraíso, en el momento en que Diós los increpó por desobedecer sus reglas. En el fondo, pone de relieve el anhelo de pertenencia y conformidad a un grupo humano, ya que surge a consecuencia de la comparación con los otros. Ningún otro sentimiento posee por tanto unas raices más sociales.

Pero, ¿cómo deshacernos de ese tormento interno que se convierte en el peor enemigo de nuestra autoestima?

No podemos despojarnos de algo que consideramos nuestro secreto mejor guardado, a no ser que decidamos abrir la caja del secreto. Tomar conciencia del sufrimiento y desear liberarse de él, es el primer paso para superar la vergüenza. Sentir el dolor a causa del rechazo,  la humillación, o el fracaso, al contrario de lo que se puede pensar, no nos debilita, sino que nos hace auténticamente fuertes. Pero no sirven las lágrimas en soledad. Necesitamos ayuda para poder traducir a palabras las sensaciones corporales, y luego trabajar terapeuticamente el origen de la vulnerabilidad. Gordon Wheeler, nos dice en su libro "Vergüenza y soledad": «...esta necesidad de ser visto, aceptado y comprendido desde adentro por otra persona es un elemento dinámico esencial del sí mismo, en el campo vivencial», y un poco más adelante, «la vergüenza y el estar demasiado solo son dos maneras muy especiales de caracterizar una falta de apoyo en el campo, y al final, ambas sensaciones son lo mismo».

Sanar la vergüenza supone, por tanto, ahondar en el anhelo de reconexión con nuestro entorno, recuperando la dignidad perdida, para poder ir al encuentro de los que nos rodean. 

Flores Psicólogas

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