La meditación y el apego

Dice un aforismo budista que siempre que hay apego hay sufrimiento

Necesitamos sueños que nos guíen, pero que no nos asfixien. Una reflexión sobre la meditación y el apego, de la mano de la psicóloga Montse Flores.

Según la R.A.E. un anhelo es un deseo vehemente, es decir aquel que surge con una fuerza impetuosa. Siempre me ha parecido que los anhelos están a medio camino entre las necesidades y los deseos. Más profundos que éstos últimos porque entrañan algo íntimo, a veces secreto, puede ser que de tan guardado inconsciente.

Un cuento sufí dice que todo aquello que el ser humano busca y encuentra se halla antes en su corazón, lo que no es más que decir que proyectamos constantemente acerca de la realidad que nos rodea, pero también que somos hijos de nuestras carencias.

El anhelo evoca una tensión, algo por satisfacer, entraña búsqueda, camino por recorrer, lo que desde el punto de vista de la superación parece positivo. Necesitamos sueños que nos guíen, pero que no nos asfixien. Cuando el anhelo desemboca en obsesión, dependencia o desesperación, empobrece. Cuando el anhelo deviene en perseverancia y mejora personal, enriquece.

Sin embargo la mayor parte de veces quedamos prisioneros de nuestra frustración, y la resistencia a aceptar nuestra naturaleza finita nos atormenta, produciendo el sufrimiento gratuito. Schopenhauer decía que tendríamos que aceptar la carencia como algo intrínseco a nuestra existencia, entender nuestra naturaleza incompleta.

Nuestra reacción ante las pérdidas es un buen ejemplo de todo lo contrario: nos quedamos anclados en ese punto de nuestra vida, en el que nos arrancaron a alguien o algo significativo. A veces es la muerte quien decide, otras decide el otro, dando un portazo del que no acabamos de reponernos, en una mezcla de estupor y negación. En todos esos casos acariciamos la posibilidad de recorrer los circuitos sin fin del “si no hubiera pasado”, esperando tener el poder de que los acontecimientos se adecuen al tamaño de nuestros deseos, para evitar la frustración, mostrando nuestra escasa capacidad para afrontar lo que nos llega.

Otro ejemplo lo encontramos en las relaciones de pareja. Tal y como afirman Ortiz Barón y colaboradores, en sus investigaciones sobre el apego, “se puede afirmar que el amor romántico es semejante al apego del niño hacia el cuidador principal en términos de búsqueda y mantenimiento de la proximidad, de percepción de la figura de apego como base de seguridad y puerto de refugio y de ansiedad ante la separación”. Según el estilo de apego que desarrollemos, podemos quedarnos aferrados al otro, sin integrar el flujo de distancias, con una preocupación obsesiva por el abandono y mostrando una gran vulnerabilidad a la soledad.

En todos estos casos, y en otros, la meditación, como camino hacia la interioridad, nos pone en contacto con la experiencia presente y por tanto nos conduce a conocer qué somos y de qué estamos hechos, momento a momento. Cuales son nuestros pensamientos, sentimientos y sensaciones, deshaciendo la enajenación hacia el entorno. Es un poder estar dentro y fuera al mismo tiempo. Evita que nos escapemos de la experiencia dolorosa, ayudando a tomar perspectiva y potenciando el ojo del observador. Por eso es un potente instrumento dirigido a incrementar la aceptación de lo que constituye el bagaje de nuestra experiencia. Aceptar implica desprenderse, despegarnos de aquello a lo que nos aferramos.

Soltar es punto de partida y de llegada al mismo tiempo. Es punto de partida porque es una condición escrita en los textos más antiguos del budismo: “estar libre de deseos y de descontento en relación al mundo”. Y es punto de llegada, porque es algo que se va afianzando con la práctica. Como nos dice V. Simón “el verdadero final del camino de soltar es desprenderse del propio ego”.

 

Flores Psicólogas

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