Amores que atrapan

Amores que atrapan, atrapar, quedarse atrapado por alguien, sentirse atrapado o en una trampa por un sentimiento o por una amalgama de sentimientos, a veces, la mayoría, contradictorios. Estar atascado, trabado, sin atreverse a dar un paso ni en una dirección ni en otra. El miedo inmoviliza. La incertidumbre inmoviliza. Se acaba fijado en algún punto de la evolución personal. Pegado a alguien o a algo. En ocasiones con una ilusión de libertad, puede pensarse que se elige esa situación. Sin embargo no somos libres frente a quien nos sentimos incapaces de abandonar, aunque nos cause sufrimiento.

Amar y sufrir, sufrir y amar. Dos términos que acostumbramos a relacionar en la misma ecuación. Muchas veces lo reconocemos en propia experiencia y otras tantas en el entorno próximo. De tanto verlos juntos, podemos confundirnos y pensar que son inseparables. Acaso pensemos que el sufrimiento nos da la medida de la envergadura del amor, y que sin él, la historia vivida no merece ni tan siquiera ser recordada.

Lo cierto es que alrededor de todas las historias clínicas que han inspirado esta reflexión había mucho sufrimiento entremezclado con intensos sentimientos amorosos.

Si tuviéramos que desentramar las claves que nos llevan a entramparnos diríamos que la primera señal que puede atrapar es la sensación acuciante de que los demás son MUY IMPORTANTES. Parece que poseen la llave de nuestros actos, deseos, necesidades, de tal manera que se inicia una carrera angustiosa en pos de su aprobación. Como si tuvieran que otorgar ellos significación y sentido para la vida de uno.

De esta manera cuando amamos, el ser amado se convierte en la prioridad absoluta, con una dedicación completa en el tiempo real o fantaseado, esa persona ocupa por completo el pensamiento de quien ama. El anhelo es ser lo más importante en la vida del otro, constituirse en el centro de la vida del otro, al igual que colocamos a la persona amada en el centro de la nuestra. Por eso frente a una ruptura, frente a una amenaza de ruptura o tan solo frente a una discusión, la persona se siente enormemente frágil, sin entender dónde acaba uno y empieza otro, sin darse cuenta de lo que corresponde al espacio de cada miembro de la pareja. Con la aspiración de ser uno, con el deseo de ser uno, de fundirse con el otro permanentemente. Y es que el miedo a la pérdida me pone en contacto con el dolor profundo del vacío interno sentido, imposible de tapar.

Muchas veces, por tanto, el miedo se convierte en el mejor valedor del control. La persona que ama entrampándose fiscaliza la vida del otro, registra sus cosas, entra en los espacios de intimidad en nombre de los celos, porque hay una percepción de límites que se puede reconocer solo desde la cabeza, pero desde el corazón el anhelo me lleva a permitir y a incurrir en el abuso.

Así estas trampas pueden hacerse más profundas cuando se incurre o se permite el abuso. El que abusa lo hace como una manera de evitar entrar en contacto intima y auténticamente con el otro, si utiliza la violencia, la desvalorización del otro, la humillación de manera explotadora, aprovechándose del afecto adhesivo que le profesan y que esconde una percepción idealizada. A menudo quien ama desmesuradamente, sin darse cuenta del abuso, lo hace con una necesidad insaciable y una demanda insaciable que reviste de idealización.

Pero no es el abuso la única manera de evitar la intimidad. Hay maneras menos explosivas que esquivan el acercamiento, mostrando un temor, tan intenso como el de quien ama desmesuradamente, pero de signo contrario, un miedo atroz a ser devorado en el fuego de la intimidad y el compromiso, que me lleva a sentirme trabado. Se reconoce cuando nos damos cuenta de que todas las relaciones repiten el mismo patrón, de manera que no puedan atravesar la frontera imaginaria de la entrega total.

Cuando la danza amorosa pone en contacto los patrones anteriormente descritos, la distancia entre los danzarines es siempre fija, dando vueltas en un ciclo que no alcanza ni objetivo ni progresión alguna, pero que opera como un pegamento: de manera inconsciente ambos son conocedores de la necesidad del uno respecto del otro.

El reparto de papeles en este baile ha colocado las más de las veces a las mujeres en el perfil de amar desmesuradamente y a los hombres en el de evitar el compromiso íntimo y la entrega total.

Anthony Giddens nos explica en su obra “La transformación de la intimidad”, cómo las mujeres han asumido como propio el ethos del amor romántico, tomando un rol generador y activo. Hablando del reflejo de las características del amor romántico en la novela moderna nos dice:

“La heroína alcanza y funde el corazón de un hombre que es inicialmente indiferente y lejano a ella, cuando no abiertamente hostil. La heroína produce así activamente el amor. Su amor hace que ella sea amada a su vez, disuelve la indiferencia del otro y reemplaza el antagonismo por la devoción”.

Con estas palabras podemos comprender cómo muchas mujeres se han quedado atrapadas en su propio deseo de ser amadas, persistiendo en medio de dificultades insalvables, con la esperanza de tener el poder de superarlas todas. Amar con esfuerzo, casi hasta la extenuación, sustentadas por una concepción cultural del amor romántico, en la que poseen el poder de hacer que otro me ame.

Pero paradójicamente en un contexto social en donde las mujeres somos “ontológicamente incompletas”, como dice la gran antropóloga mejicana Marcela Lagarde, nuestra falta de poder social nos condena a la dependencia de los otros. Para M. Lagarde la construcción social de la feminidad está definida por la función social de las mujeres: “ser para otros”. Según sus propias palabras:

“…el sentido de la vida de las mujeres tiene que ver con la utilidad para otros, por la calidad de lo que hago para otros, por ser indispensables para que otros vivan… …y por tanto se construye la necesidad de completarse en otros…”

En el lado opuesto, los hombres, experimentan una primera falta en el terreno amoroso adoleciendo de discurso narrativo reflexivo de la intimidad con otro. Adolecen de palabras, muchas veces hasta de conciencia de sus emociones y sensaciones al estar el centro de su atención en lo exterior y no en lo interior, por lo que tienen menos capacidad introspectiva. Como dice Anthony Giddens “los hombres han sido especialistas en el amor solo en lo que concierne a las técnicas de seducción o conquista”. Esto entraña una cierta dificultad con la identidad pues cada historia amorosa es una oportunidad para desarrollar aspectos de la misma. En palabras de A. G. “ los hombres buscaron la identidad en el trabajo y no entendieron que el proyecto reflexivo del ego implica una reconstrucción emocional del pasado para proyectar una narrativa coherente hacia el futuro. Su dependencia emocional inconsciente de las mujeres era un misterio cuya respuesta estaba en las mismas mujeres. La búsqueda de la identidad quedó ligada con esa dependencia desconocida”.

Al carecer de discurso narrativo sobre sí mismos los hombres pueden quedar atrapados en el marasmo de unas sensaciones incomprensibles, puediendo sentirse arrastrados por un saber y un conocimiento que queda fuera de sí y que ostenta la mujer que le ama.

Paradójicamente, en un contexto social en donde el reparto de poderes ha beneficiado a los hombres, en el terreno amoroso pueden sentirse atrapados en su impotencia.

Puestas así las cosas, después de realizar este intento de compilación y aunque no hemos agotado todas las formas de quedarse atrapado en la experiencia amorosa, podríamos atrevernos a afirmar con el psicólogo social Carlos Yela, que en el amor, no somos ni tan libres, ni tan autónomos.

 

Flores Psicólogas

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